La región de Kyūshū, pese a su fantástica naturaleza volcánica, vibrante gastronomía y pintorescos lugares, como Yanagawa, sigue siendo para los millones de extranjeros que visitan Japón, la gran desconocida de las cuatro grandes islas del archipiélago nipón. Sin embargo, durante los siglos en que Japón vivió prácticamente en aislamiento total, las costas de Kyūshū fueron las únicas en acoger visitantes y en 1635, puertos como el de Nagasaki se convirtieron en la única puerta de entrada y salida del país.

Pese al bloqueo comercial y cultural impuesto por los gobernantes, las novedades del mundo exterior empezaron a filtrarse poco a poco en la sociedad japonesa y a influir en el devenir de su gastronomía. Al igual que los misioneros y comerciantes portugueses llevaron consigo el arte de la tempura, los comerciantes chinos descubrieron a los japoneses unas sopas con fideos que se consideran el predecesor de uno de los platos más icónicos de Japón: el ramen.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la llegada de los estadounidenses y unas más que dudosas pero eficaces campañas de marketing americanas para sustituir el arroz por el trigo, esta sopa de fideos, servida con un potente caldo de pollo o cerdo, fue una de las claves para la recuperación del país. En los años 40 y 50, las cosechas de arroz quedaron completamente mermadas por el desastre atómico y el ramen se definió como “comida de subsistencia”, junto con otras preparaciones básicas pero muy saciantes como las gyozas o el okonomiyaki. Estos alimentos fueron claves para que, en tan solo treinta años, Japón pasara de ser un país en la ruina total, a convertirse en uno de los ejemplos más exitosos de recuperación económica de la historia mundial.

De las más de veinte variantes de ramen que existen a lo largo de todo el archipiélago japonés, el Tonkatsu de Hakata, elaborado exclusivamente con huesos de cerdo de Kyūshū, algunos hervidos durante más de 48 horas, es el más venerado por los amantes de los fideos y el caldo. Comer un ramen decente en la región es fácil, sin embargo, existe un lugar en Kurume, que con los años ha adquirido la distinción de legendario. Maruboshii Ramen se encuentra a las afueras de la ciudad, en un área de descanso para camioneros, y se dice que el fondo de caldo de este establecimiento no ha dejado de hervir desde su apertura, en 1955.

A algunos les parecerá una exageración, pero la realidad puede superar a la ficción, ya que hablamos de un local que esta abierto 24 horas los siete días de la semana. El penetrante olor que desprende ese bol es, sin duda, inolvidable, y uno no puede dejar de acordarse con nostalgia del umami de Maruboshii cada vez que come ramen en otro lugar.

Fukuoka, la capital de Kyushu, es considerada también la capital del ramen y cuenta con infinidad de locales dedicados en cuerpo y alma a elaborar y perfeccionar sus boles de Tonkatsu. Cada tarde, a la orillas del río Naka, se puede ver como extrañas estructuras sobre ruedas llegan y se transforman poco a poco en pequeños puestos de comida ambulante.

Estos restaurantes itinerantes son los últimos vestigios de la cultura yatai: pequeños puestos de comida callejera donde turistas y locales comparten la diminuta barra, sentados en taburetes plegables. Cumplir con las altas expectativas del mítico Tonkatsu Ramen u otras preparaciones en los yatai es una tarea difícil, ya que las cocinas cuentan con evidentes limitaciones. Pese a todo, vale la pena sentarse en uno de ellos para honrar la cultura e historia de los yatai y disfrutar de unas brochetas y una cerveza junto a desconocidos.

Fotografía y texto:  Albert González

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